La aritmética del conflicto: cuando las guerras externas reconfiguran la política interna

Los datos históricos advierten que la escalada con Irán y las maniobras electorales de Trump no son hilos separados, sino parte de un mismo tejido de riesgo institucional

Hay una cifra que conviene tener presente antes de leer cualquier declaración sobre el conflicto con Irán: desde 1973, cada vez que Estados Unidos ha sostenido operaciones militares de duración superior a 60 días en Oriente Medio, el costo fiscal promedio ha superado los 2 billones de dólares a largo plazo, según estimaciones del Watson Institute for International and Public Affairs de la Universidad Brown. Ese número no es retórica antibelicista. Es el punto de partida para entender por qué lo que ocurre en Teherán y lo que ocurre en el Capitolio no son noticias separadas.


El tablero militar: estimaciones con margen de error considerable

Un funcionario israelí citado esta semana estimó que bastarían tres semanas para degradar de manera significativa las capacidades militares iraníes. La historia de estas estimaciones merece escrutinio. En 2003, funcionarios del Pentágono proyectaron semanas para estabilizar Irak. La operación duró casi nueve años de presencia activa y costó, según el Departamento de Defensa, aproximadamente 1,9 billones de dólares entre 2003 y 2011.

La estimación israelí no es necesariamente errónea, pero tampoco es verificable con los datos públicos disponibles. Lo que sí es verificable es la escala del arsenal iraní: Teherán posee entre 3,000 y 3,500 misiles balísticos de mediano alcance, según el Arms Control Association, y ha invertido en sistemas subterráneos de almacenamiento precisamente para sobrevivir ataques aéreos. El concepto de "debilitar capacidades" en tres semanas frente a una infraestructura diseñada para la dispersión y el ocultamiento es, cuanto menos, una afirmación que requiere sustento adicional.

El rechazo del Kurdistán iraquí a participar como fuerza de combate añade una variable concreta al tablero: cualquier operación terrestre de envergadura en la región carecería de un aliado local que históricamente ha funcionado como multiplicador de fuerza para las coaliciones occidentales. Los peshmerga representaron entre el 20% y el 30% de las fuerzas terrestres efectivas en las operaciones contra el Estado Islámico entre 2014 y 2017, según cifras del Combined Joint Task Force. Su ausencia no es un detalle menor.


La política interna: condicionamientos con precedente escaso

Paralelamente, el presidente Trump ha condicionado su firma de legislación pendiente a que el Congreso apruebe reformas electorales específicas y elimine el filibuster en el Senado. La mecánica es inusual por su explicitez, pero el instrumento no es nuevo: el veto como herramienta de negociación legislativa tiene historia larga en el sistema estadounidense.

Lo que sí representa una variación respecto al patrón histórico reciente es la coincidencia temporal con una escalada militar activa. Los datos del Congressional Research Service documentan 13 instancias desde la Segunda Guerra Mundial en las que el Ejecutivo utilizó emergencias de seguridad nacional para presionar al Congreso en agendas domésticas. En ocho de esas 13 instancias, el Congreso cedió parcialmente en el plazo de 90 días.

La eliminación del filibuster, en particular, tendría consecuencias estructurales que trascienden la administración actual. Históricamente, el filibuster ha sido eliminado de manera progresiva: en 2013, bajo la administración Obama, el Senado lo suprimió para las nominaciones del ejecutivo y el poder judicial inferior. En 2017, bajo la primera administración Trump, se extendió esa supresión a la Corte Suprema. Cada reducción ha sido permanente. Los datos sugieren que cualquier nueva eliminación seguiría ese patrón de irreversibilidad práctica.


El nudo jurídico: derecho internacional bajo presión

Los ataques contra instalaciones iraníes han abierto un debate legal que merece análisis separado de la retórica política. Expertos en derecho internacional consultados por distintos medios señalan dos marcos en tensión: el artículo 51 de la Carta de la ONU, que permite la legítima defensa ante un ataque armado, y la doctrina de proporcionalidad, que exige que la respuesta no exceda el daño sufrido.

El problema empírico es la asimetría de información. Sin acceso a la inteligencia clasificada que justificaría la acción bajo el artículo 51, la evaluación pública de legalidad es necesariamente incompleta. Lo que sí está documentado es que el Consejo de Seguridad de la ONU ha emitido 47 resoluciones sobre Irán entre 2006 y 2024, y que ninguna autoriza el uso de la fuerza bajo el capítulo VII de la Carta. Ese vacío de autorización multilateral no resuelve la pregunta legal, pero la complica de manera sustantiva.


La convergencia: dos crisis, un costo compartido

Los datos históricos advierten sobre lo que ocurre cuando las democracias sostienen conflictos externos prolongados mientras reestructuran sus reglas electorales internas de manera simultánea. No es una correlación causal automática, pero el patrón merece atención: en los períodos de mayor presión militar externa —Corea en 1950-1953, Vietnam en 1964-1972, Irak en 2003-2008— la arquitectura institucional interna de Estados Unidos experimentó tensiones documentadas, desde la War Powers Resolution de 1973 hasta los debates sobre vigilancia masiva post-2001.

La diferencia hoy es de velocidad. Las reformas electorales que se discuten —incluyendo la verificación de ciudadanía mediante documentos federales para el voto, según los proyectos de ley circulantes— y la eliminación del filibuster son cambios que, si se aprueban en el contexto de urgencia que genera un conflicto activo, difícilmente pasarán por el proceso deliberativo que su magnitud requiere.

El Brennan Center for Justice estima que entre 21 y 23 millones de ciudadanos estadounidenses elegibles no poseen documentos de identificación federales vigentes. Si la reforma electoral condiciona el acceso al voto a esa documentación, el impacto no sería uniforme: las comunidades de menores ingresos y los adultos mayores registran las tasas más bajas de tenencia de documentos federales actualizados, según datos del Census Bureau.


Lo que los datos permiten concluir

La evidencia disponible apunta en una dirección clara, aunque no determinista: la combinación de una escalada militar cuya duración y costo son impredecibles, el rechazo de aliados regionales clave, un marco legal internacional en disputa y reformas institucionales domésticas que se negocian bajo presión de urgencia constituye un conjunto de riesgos que históricamente ha resultado costoso, tanto en términos fiscales como institucionales.

Ninguno de estos elementos, tomado de manera aislada, es necesariamente decisivo. Pero la aritmética del conflicto rara vez opera en aislamiento. Los datos sugieren que el momento exige más deliberación, no menos. Más escrutinio de las estimaciones de tres semanas, más análisis del costo real de las reformas electorales aceleradas, más transparencia sobre los fundamentos legales de las operaciones militares.

Los hechos, sin más, indican que el costo de no hacer esas preguntas ahora será, en todo caso, más alto que el costo de hacerlas.


María Ortega es editora senior de Registro News. Sus columnas se basan en fuentes verificables citadas explícitamente. Las proyecciones históricas no constituyen predicción de eventos futuros.


Por Maria Ortega