El tablero iraní: tres capitales, tres cálculos, un mismo riesgo

Cuando Washington, Teherán y Erbil leen el mismo mapa y ven paisajes distintos

Hay semanas en las que la política internacional se condensa en unos pocos días y obliga a leer varias historias al mismo tiempo. Esta es una de ellas. La escalada militar contra Irán, las condiciones que Donald Trump impone a su propio Congreso y el rechazo kurdo a convertirse en infantería de una guerra ajena componen, juntos, un cuadro de enorme complejidad. Lo que resulta llamativo no es que los actores involucrados tengan intereses distintos —eso siempre ocurre— sino que ni siquiera comparten el diagnóstico básico de lo que está sucediendo. Desde Washington se ve de una manera. Desde Teherán, de otra. Desde Erbil, de una tercera que con frecuencia se omite en los análisis occidentales.

El prisma rara vez tiene una sola cara. Esta semana, tiene al menos tres.


Desde Washington: la presión como palanca simultánea

La lectura dominante en los círculos políticos de Washington combina dos hilos que, a primera vista, parecen independientes pero que la Casa Blanca presenta como parte de una misma lógica de poder.

Por un lado, Trump ha condicionado su firma de legislación prioritaria a que el Congreso avance en una reforma electoral que incluye cambios en los requisitos de identificación para votar y, según distintas fuentes legislativas, la eliminación o modificación del filibuster en el Senado. La maniobra no es nueva en su forma —los presidentes con frecuencia vinculan sus prioridades legislativas a concesiones políticas—, pero sí resulta inusual en su explicitud: el condicionamiento se ha articulado públicamente, antes de que los proyectos lleguen a votación.

Por otro lado, un funcionario israelí citado por medios internacionales estima que las capacidades militares iraníes podrían debilitarse de manera significativa en un plazo de tres semanas bajo la presión combinada de operaciones aéreas y sanciones reforzadas. Washington, en esta lectura, observa esa ventana con atención. La presión sobre Irán forma parte de una estrategia de máxima presión que la administración Trump ya ensayó en su primer mandato y que ahora reactivó con mayor intensidad.

Desde esta perspectiva, ambas presiones —la interna sobre el Congreso y la externa sobre Teherán— responden a la misma filosofía: negociar desde la fuerza, comprimir los tiempos y forzar decisiones antes de que el adversario —legislativo o geopolítico— pueda reorganizarse. Los críticos de esta lectura señalan que comprimir tiempos en un conflicto con Irán conlleva riesgos de escalada no controlada. Los defensores replican que la ambigüedad estratégica es precisamente el instrumento.


Desde Teherán: la resistencia como narrativa de supervivencia

La perspectiva iraní parte de una premisa radicalmente distinta: lo que Washington llama «debilitamiento de capacidades» Teherán lo enmarca como agresión externa y justificación para la cohesión interna.

No es un recurso retórico menor. Las repúblicas islamistas, como cualquier régimen bajo presión militar exterior, históricamente han encontrado en la amenaza externa un mecanismo de consolidación doméstica. Los análisis de derecho internacional que circulan esta semana —algunos de ellos elaborados por juristas especializados en conflictos armados— señalan que los ataques contra infraestructura iraní abren interrogantes serias sobre proporcionalidad y distinción entre objetivos militares y civiles, dos principios fundamentales del derecho internacional humanitario. Teherán utiliza esos argumentos ante foros multilaterales con una eficacia que no debe subestimarse.

Al mismo tiempo, la crisis genera tensiones dentro de la propia sociedad iraní. No todas las voces internas respaldan al régimen; las protestas de años recientes demostraron que existe una fractura profunda entre sectores de la población y el establishment clerical-militar. Sin embargo, la experiencia histórica —Iraq en los años ochenta, Libia, Gaza— sugiere que los bombardeos externos raramente fortalecen a la oposición interna. Con mayor frecuencia producen el efecto contrario: el reagrupamiento alrededor de la bandera.

Desde Teherán, la lectura es entonces esta: la presión militar no derrumba al régimen sino que le ofrece el relato que necesita para sobrevivir otra década. Si esa lectura es correcta, la ventana de «tres semanas» que menciona el funcionario israelí no cierra ningún conflicto; simplemente redefine su forma.


Desde Erbil: la fatiga de servir causas ajenas

Hay una tercera perspectiva que los titulares principales tienden a relegar a los párrafos finales, pero que merece un lugar más prominente: la del Kurdistán iraquí.

El gobierno regional kurdo ha rechazado explícitamente participar como fuerza de combate en el conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos. El rechazo no es sorpresivo para quienes conocen la historia de la región, pero sí resulta políticamente significativo en este momento. Los kurdos llevan décadas siendo convocados como aliados tácticos indispensables —contra el Estado Islámico, contra Sadam Husein, en Siria— y con igual frecuencia han visto cómo esas alianzas se disuelven cuando los objetivos de las potencias externas cambian.

Desde Erbil, la pregunta no es ideológica sino pragmática: ¿qué garantías concretas obtiene el Kurdistán a cambio de su participación militar? La respuesta histórica ha sido, en general, insuficiente. El abandono de las fuerzas kurdas sirias por parte de Washington en 2019 permanece como referencia ineludible en cualquier conversación política en la región. No como rencor, sino como dato.

El rechazo kurdo a involucrarse como tropa de combate es también una señal sobre los límites reales de la coalición que Washington puede armar en el terreno. Una cosa es la presión aérea y las sanciones; otra, muy distinta, es la disponibilidad de actores locales para asumir el costo humano de una confrontación prolongada. Erbil, en este caso, está eligiendo su propia supervivencia política sobre la lealtad táctica a una causa cuyo desenlace no controla.


El prisma y sus aristas

Tres lecturas, un mismo conjunto de hechos. Washington ve palancas de presión y ventanas de oportunidad. Teherán ve agresión y narrativa de resistencia. Erbil ve el patrón que ya conoce demasiado bien y decide no repetirlo.

Ninguna de estas perspectivas es inverosímil. Ninguna es completa por sí sola. Lo que resulta evidente es que un conflicto que se gestiona exclusivamente desde la lógica de una de estas tres lecturas —ignorando las otras dos— tiene menos probabilidades de producir un desenlace estable.

La historia de Oriente Medio en las últimas cuatro décadas ofrece ejemplos sobrados de lo que ocurre cuando una potencia exterior diseña su estrategia regional sin incorporar la perspectiva de los actores locales que deberán vivir con las consecuencias mucho después de que los comunicados de prensa se hayan archivado.

El lector tiene ahora las tres aristas del prisma. La luz que proyecta cada una depende del ángulo desde el que se mire.

Los hechos, sin más.


Por Arturo Jimenez