La petición de Trump de una coalición naval reúne a aliados, rivales y vecinos ante una geografía que cada uno interpreta a su manera

Hay lugares en el mundo que concentran, en apenas cuarenta kilómetros de agua, décadas de tensión, intereses cruzados y cálculos estratégicos que rara vez coinciden. El Estrecho de Ormuz es uno de ellos. Esta semana, la administración Trump pidió formalmente a las potencias mundiales que desplieguen buques de guerra en esa franja de mar que separa Irán de la Península Arábiga —y por la que transita aproximadamente el 20 por ciento del petróleo que consume el planeta, según la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA)—. La petición llegó acompañada de un contexto brutal: seis militares estadounidenses murieron en el choque de un avión de reabastecimiento sobre territorio iraquí, y la escalada en Oriente Medio acumula víctimas civiles y militares a un ritmo que ningún parte oficial logra contener del todo.

La misma noticia. El mismo estrecho. Pero desde Washington, desde Teherán y desde las capitales europeas, el mapa se lee de maneras que apenas se reconocerían entre sí.


Desde Washington: disuasión o vacío de poder

Para la administración Trump, la lógica de la coalición naval es, en apariencia, directa: si varias potencias presentan una presencia conjunta en Ormuz, Irán recalculará el costo de cualquier acción hostil. La estrategia tiene precedentes. Entre 2019 y 2020, Estados Unidos impulsó la Operación Sentinel, una iniciativa de seguridad marítima que reunió a más de una docena de países para proteger la navegación comercial en el Golfo Pérsico tras una serie de ataques a buques tanqueros atribuidos a Irán, ataques que Teherán negó.

Lo que diferencia el momento actual es la acumulación de variables. Marco Rubio, quien acumula simultáneamente los cargos de Secretario de Estado y Asesor de Seguridad Nacional —una concentración de funciones sin precedente reciente en Washington—, es la cara diplomática y estratégica de una política exterior que combina presión máxima con llamados a la negociación. Sus críticos dentro del propio establecimiento de seguridad señalan que esa doble función crea un cuello de botella institucional: los controles internos que históricamente equilibraban la política exterior entre el Departamento de Estado y el Consejo de Seguridad Nacional quedan, en la práctica, en manos de una sola persona.

Desde la perspectiva de quienes apoyan la iniciativa en Washington, sin embargo, la centralización puede ser una ventaja táctica: menos fricción burocrática, mensajes más coherentes. La muerte de seis militares en Irak refuerza el argumento interno de que la región exige respuestas firmes, no deliberaciones prolongadas.


Desde Teherán —y sus aliados regionales—: la misma jugada de siempre

Irán lleva años describiendo la presencia naval occidental en el Golfo Pérsico no como una garantía de estabilidad, sino como la fuente primaria de inestabilidad. Su argumento, reiterado en foros internacionales y comunicados oficiales, es que ninguna potencia extranjera tiene legitimidad histórica ni geográfica para «custodiar» una vía marítima que bordea su propio territorio.

La petición de Trump, vista desde esta orilla, es la continuación de una política de cerco que incluye sanciones económicas, operaciones encubiertas y presión diplomática. Para Teherán, cada buque adicional de una coalición liderada por Washington no reduce el riesgo de conflicto: lo incrementa, porque multiplica los puntos de fricción potencial.

El argumento tiene un componente doméstico relevante. El gobierno iraní —sometido a una economía bajo presión severa por las sanciones y a tensiones sociales documentadas por organizaciones independientes de derechos humanos— históricamente ha utilizado la amenaza exterior como elemento de cohesión interna. Una coalición naval visible en el estrecho no debilita políticamente a quienes gobiernan Teherán; en muchos análisis regionales, los fortalece.

Los aliados de Irán en la región —grupos armados en Yemen, Iraq, Líbano y Siria— operan bajo lógicas propias, pero comparten el marco narrativo: la presencia occidental en el Golfo es ocupación, no protección. Ese relato tiene tracción en amplios sectores de la opinión pública árabe, independientemente de las posiciones oficiales de los gobiernos.


Desde Europa: entre el atlantismo y el cálculo propio

Las capitales europeas reciben la petición de Trump en un momento políticamente complejo. Varios gobiernos del continente participaron en la Operación Sentinel hace cinco años con distintos grados de entusiasmo; algunos, como Francia y Alemania, prefirieron en aquel momento una misión europea autónoma —la EMASOH— para no quedar directamente asociados a la estrategia de «máxima presión» de Washington contra Teherán.

Hoy el contexto es diferente en al menos dos dimensiones. Primera: Europa depende menos del petróleo del Golfo que hace una década, gracias a una diversificación acelerada tras la invasión rusa de Ucrania en 2022. Segunda: la relación transatlántica atraviesa una de sus etapas más tensas en décadas, lo que convierte cualquier respuesta europea a una petición de Trump en una decisión política de primer orden, más allá de su contenido estrictamente militar.

Dicho de otro modo: sumarse a la coalición puede leerse en Europa como respaldo a una política exterior que varios gobiernos han criticado abiertamente. No sumarse puede leerse en Washington como abandono de compromisos de seguridad colectiva. No hay respuesta neutral disponible.

Los demócratas estadounidenses, que según datos electorales recientes han ganado 28 escaños estatales en catorce meses, observan el escenario exterior con una mezcla de preocupación genuina y cálculo político. La pregunta que se hacen —y que hacen públicamente— es si la concentración de poder en Rubio y la retórica de confrontación con Irán producirán estabilidad o escalarán hacia algo más difícil de controlar. Es una pregunta legítima. También lo es su contraria.


El mapa y sus lectores

Cuarenta kilómetros de agua. El mismo estrecho que en 1988 fue escenario del incidente del vuelo 655 de Iran Air —derribado por un crucero estadounidense, con 290 muertos—, que en 2019 concentró los mayores temores de una guerra abierta entre Estados Unidos e Irán, y que hoy vuelve a aparecer en los despachos de seguridad nacional de una docena de países.

La petición de coalición naval puede ser, según desde dónde se mire, un ejercicio sensato de disuasión colectiva, una provocación calculada, o una maniobra política doméstica que utiliza la geografía del conflicto como escenario. Las tres lecturas tienen datos que las sostienen. Las tres tienen puntos ciegos que las debilitan.

Lo que sí es verificable, sin necesidad de tomar partido, es esto: cuando un estrecho de cuarenta kilómetros concentra el interés simultáneo de Washington, Teherán, Bruselas y Pekín, la probabilidad de que la situación se gestione con precisión quirúrgica disminuye con cada actor que se añade al tablero. La historia del Golfo Pérsico no es una historia de diseños perfectamente ejecutados. Es, con más frecuencia, una historia de cálculos que se desviaron.

El lector tiene todos los elementos sobre la mesa. El mapa es el mismo para todos. Las conclusiones, como siempre, dependen de la orilla desde la que se lee.


Por Arturo Jimenez