Los datos históricos sobre proteccionismo arancelario no dejan lugar a interpretaciones ambiguas. La pregunta no es si hay consecuencias, sino quién las absorbe.

La semana en curso ha producido titulares sobre posibles acuerdos militares con Irán, misiones lunares y valuaciones astronómicas en el mercado privado. Sin embargo, el dato que estructurará la economía cotidiana de millones de familias estadounidenses durante los próximos años es más discreto y más duradero: los aranceles sobre importaciones han alcanzado niveles que no se registraban desde la década de 1940, según estimaciones del Peterson Institute for International Economics. Esa cifra merece un análisis que va más allá del ciclo de noticias de 24 horas.

El número que lo cambia todo

La tasa arancelaria efectiva promedio sobre las importaciones hacia Estados Unidos supera actualmente el 20%, de acuerdo con cálculos publicados por el Peterson Institute en abril de 2025. Para contextualizar esa cifra: antes del primer mandato de Donald Trump, esa tasa rondaba el 2.5%. Durante la guerra comercial de 2018-2019, escaló al entorno del 8%. El salto actual no es una corrección incremental; representa una reconfiguración estructural del régimen comercial que el país había construido desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Los aranceles no son un fenómeno abstracto. Son un impuesto que se cobra en la frontera y que, sistemáticamente, termina siendo absorbido —en proporciones variables— por los importadores, los minoristas y los consumidores finales. La investigación económica sobre los aranceles de 2018-2019 ofrece una base empírica sólida para proyectar lo que ocurre en episodios de mayor magnitud.

Lo que la historia documentó en 2018

El estudio más citado sobre el impacto de los aranceles de la primera administración Trump, publicado por Amiti, Redding y Weinstein en el American Economic Review en 2019, encontró que el costo de los aranceles fue trasladado casi en su totalidad a los precios pagados por empresas y consumidores estadounidenses. Los precios de importación no cayeron para compensar; los exportadores extranjeros no absorbieron el gravamen. El resultado fue una transferencia de ingreso desde los consumidores hacia el Tesoro federal y, en algunos casos, hacia productores domésticos protegidos.

Un segundo indicador relevante proviene del Fondo Monetario Internacional, que estimó en 2019 que la guerra comercial entre Estados Unidos y China redujo el PIB global en aproximadamente 0.8 puntos porcentuales. Las escaladas actuales son de mayor magnitud. El FMI revisó a la baja sus proyecciones de crecimiento global en abril de 2025, citando explícitamente la incertidumbre arancelaria como factor determinante.

El efecto sobre el comercio: reconfiguración, no colapso

Los datos de los primeros meses de 2025 muestran un patrón ya documentado en episodios anteriores: los flujos comerciales no desaparecen, se redirigen. Las importaciones desde China han disminuido en determinadas categorías, pero han aumentado las provenientes de Vietnam, México, India y otros países que actúan como nodos de reensamblaje. Este fenómeno, conocido en la literatura económica como trade deflection o desviación comercial, fue documentado extensamente durante el período 2018-2022.

La implicación práctica es que los aranceles no necesariamente logran su objetivo declarado de relocalizar producción hacia suelo estadounidense. Lo que sí logran, con mayor consistencia histórica, es encarecer los insumos para las industrias que dependen de cadenas de suministro globales. La industria automotriz, la manufactura de electrónicos y el sector de la construcción son los ejemplos más inmediatos.

El Banco de la Reserva Federal de Nueva York estimó en 2019 que los aranceles sobre acero y aluminio elevaron los costos de producción para las industrias manufactureras que usan esos materiales en una proporción que superó los beneficios generados para los productores de acero y aluminio domésticos. La protección de un sector generó un costo difuso pero real en múltiples sectores adyacentes.

Canadá, la Luna y la paradoja del momento

El contexto geopolítico de esta semana añade una dimensión que los datos no pueden ignorar. La misión Artemis II llevará al astronauta canadiense Jeremy Hansen hacia la órbita lunar, en el marco de un programa que depende de la cooperación internacional entre agencias espaciales y cadenas de suministro aeroespaciales distribuidas entre varios países aliados. Paralelamente, Canadá es uno de los socios comerciales afectados por los aranceles estadounidenses actuales, incluidos gravámenes sobre productos que alimentan precisamente las industrias de alta tecnología.

Esta simultaneidad no es una contradicción menor. Ilustra la tensión documentable entre la integración tecnológica y científica que los gobiernos promueven en foros internacionales y las barreras comerciales que esos mismos gobiernos erigen en los mercados de bienes. Los datos históricos sobre la relación entre apertura comercial e innovación tecnológica —extensamente documentada por la OCDE— sugieren que ambas tendencias son difíciles de sostener simultáneamente en el largo plazo.

Irán, la incertidumbre y el precio del petróleo

Las declaraciones del presidente Trump sobre la proximidad de un acuerdo con Irán merecen ser leídas en clave económica, no solo diplomática. Irán posee reservas de petróleo que representan aproximadamente el 9% del total mundial, según la Agencia Internacional de Energía. Cualquier variación en el acceso de ese crudo a los mercados globales afecta directamente los precios de la energía, que a su vez interactúan con los costos de transporte y manufactura que los aranceles ya están presionando al alza.

La incertidumbre es, en sí misma, un costo económico. El índice de incertidumbre de política económica desarrollado por Baker, Bloom y Davis ha mostrado históricamente una correlación negativa con la inversión empresarial. Cuando las empresas no pueden calcular cuáles serán los aranceles aplicables en seis meses, posponen decisiones de inversión. Ese efecto de parálisis no aparece en los titulares, pero sí aparece, con rezago, en las cifras de formación de capital fijo.

Lo que los datos permiten concluir

La evidencia acumulada sobre episodios de proteccionismo arancelario en los siglos XX y XXI converge en algunos hallazgos consistentes: los aranceles elevan los precios domésticos en los sectores gravados, redirigen flujos comerciales sin eliminarlos, generan represalias que afectan a sectores exportadores, y producen ganancias concentradas en industrias protegidas a costa de pérdidas difusas para consumidores y sectores dependientes de insumos importados.

Los datos no indican que el libre comercio irrestricto sea siempre la política óptima. La evidencia sobre desindustrialización, concentración geográfica del empleo y vulnerabilidades en cadenas de suministro estratégicas es real y merece análisis serio. Lo que los datos sí indican, con consistencia notable a lo largo de décadas, es que los aranceles como instrumento primario de política industrial tienen costos distribuidos que rara vez aparecen en los discursos que los anuncian.

La pregunta que los próximos trimestres responderán no es si habrá consecuencias —la historia sugiere que las habrá— sino en qué medida la reconfiguración del comercio global que se está produciendo generará los empleos y la capacidad industrial que justifican, en términos de política pública, el costo que millones de familias ya están comenzando a pagar en sus compras cotidianas.

Los hechos, sin más.


Por Maria Ortega