La tregua con Irán y las tensiones con la OTAN revelan cómo la misma política exterior se lee de maneras radicalmente distintas a uno y otro lado del océano
Hay semanas en las que Washington produce más titulares que cualquier otra capital del mundo, y esta ha sido una de ellas. Un alto al fuego anunciado con Irán, una reunión entre Donald Trump y el secretario general de la OTAN Mark Rutte, una elección especial en Georgia y decisiones domésticas de largo alcance sobre acceso a datos electorales y medicamentos. Mucho ruido, sí. Pero el ruido, según desde dónde se escuche, suena completamente distinto.
Me detengo hoy en dos noticias que, vistas en conjunto, revelan algo sobre la naturaleza del poder estadounidense en este momento: la tregua de dos semanas con Irán y la reunión Trump-Rutte en la Casa Blanca. No porque sean necesariamente las más importantes de la semana, sino porque son las que mejor ilustran el ejercicio de las perspectivas cruzadas. Pocas noticias admiten lecturas tan divergentes.
Desde Teherán y sus aliados regionales: una tregua es también un reconocimiento
Para quien sigue la política del Medio Oriente desde la perspectiva iraní o de los actores que orbitan alrededor de Teherán, una tregua negociada directamente con Washington —aunque sea de dos semanas y aunque sea condicional— tiene un peso simbólico que va más allá de sus términos técnicos. Irán lleva años bajo un régimen de sanciones que ha contraído su economía de manera sostenida. El rial iraní ha perdido una fracción considerable de su valor en la última década. Las exportaciones de petróleo, principal fuente de divisas, han operado bajo presión constante.
En ese contexto, que Estados Unidos acceda a una pausa —incluso breve, incluso condicionada— puede leerse como una señal de que la presión máxima tiene límites prácticos. No es una victoria iraní en el sentido clásico, pero tampoco es una rendición. Es, según esta lectura, una negociación entre dos partes que se reconocen mutuamente como actores con capacidad de daño recíproco. Para los sectores más pragmáticos dentro del régimen iraní, eso es precisamente lo que se ha buscado durante años: no la amistad con Washington, sino el reconocimiento implícito de que ignorar a Irán tiene costos.
Los escépticos dentro de este mismo campo, sin embargo, advierten que dos semanas es un plazo que no compromete a nadie. Una tregua tan corta puede ser también una táctica dilatoria, una forma de ganar tiempo sin ceder nada sustantivo. El historial de negociaciones nucleares interrumpidas y reactivadas les da argumentos para la desconfianza.
Desde Washington y sus aliados occidentales: la presión funciona, pero la coordinación cruje
La lectura desde los círculos de política exterior estadounidense —o al menos desde una parte de ellos— es más directa: la presión produjo resultados. Si Irán accedió a una tregua condicional, el argumento es que las sanciones, las operaciones encubiertas y la postura de fuerza generaron los incentivos necesarios para que Teherán volviera a la mesa. Desde esta perspectiva, el acuerdo, por provisional que sea, valida una estrategia.
Pero aquí es donde entra la reunión con Rutte y la complejidad se multiplica. La OTAN es, en teoría, el principal marco de coordinación de la seguridad occidental. Y sin embargo, la relación entre la administración Trump y la alianza atlántica sigue siendo, según todas las fuentes disponibles, tensa. Las presiones para que los países miembros aumenten su gasto en defensa al 5% del PIB —un umbral que ningún aliado europeo alcanza actualmente y que varios consideran inalcanzable en el corto plazo— crean fricciones reales.
La pregunta que se hace en Bruselas, en Berlín y en París es esta: si Washington negocia acuerdos regionales de esta magnitud sin una coordinación profunda con sus aliados, ¿qué significa en la práctica pertenecer a la alianza? La tregua con Irán afecta directamente los intereses de países europeos que tienen sus propias relaciones comerciales y diplomáticas con Teherán. Una pausa en la presión estadounidense puede abrir o cerrar espacios para la diplomacia europea, dependiendo de los términos exactos del acuerdo, términos que, al momento de escribir esta columna, no están completamente detallados en fuentes públicas.
Desde Washington, la respuesta a esta crítica sería probablemente que los aliados se benefician de la estabilidad regional sin asumir los costos de producirla. Es un argumento antiguo, pero sigue teniendo circulación.
Desde América Latina: el espejo lejano que siempre está cerca
Hay una tercera perspectiva que rara vez aparece en los análisis anglosajones sobre estos temas, y que a mí, habiendo cubierto política en Santiago, Buenos Aires, Ciudad de México y Madrid, me resulta imposible ignorar.
América Latina observa la política exterior de Washington con una mezcla de atención y distancia que es producto de la experiencia histórica. La región sabe, por décadas de intervenciones directas e indirectas, que las decisiones que se toman en la Casa Blanca tienen consecuencias que llegan mucho más lejos que el Medio Oriente o Europa del Este.
Lo que llama la atención desde esta orilla no es tanto la tregua con Irán en sí misma, sino el patrón que emerge cuando se miran todas las noticias de la semana juntas: una administración que negocia acuerdos bilaterales directos con actores globales, que reduce el acceso a datos públicos sobre participación electoral, que interviene en decisiones regulatorias sobre medicamentos mediante el sistema judicial, y que al mismo tiempo presiona a sus aliados más cercanos. Es una acumulación de movimientos que, vistos desde fuera del sistema político estadounidense, sugieren una reconfiguración del papel de las instituciones intermedias —alianzas multilaterales, agencias regulatorias, universidades— en la toma de decisiones.
Si esa reconfiguración es una corrección necesaria de excesos burocráticos o el debilitamiento de contrapesos institucionales importantes, es precisamente el debate que divide a los analistas en toda la región. No hay consenso. Pero sí hay atención.
Tres prismas, un mismo conjunto de hechos. La tregua con Irán es simultáneamente un logro de la presión, un reconocimiento mutuo y una señal sobre cómo se ejerce el poder cuando los marcos multilaterales crujen. La reunión con Rutte es a la vez una reafirmación del vínculo atlántico y una evidencia de sus tensiones.
Lo que me parece más honesto decir, después de veinte años cubriendo procesos políticos en cuatro países, es esto: los hechos rara vez tienen un solo significado. El trabajo del periodismo —y el del lector— es resistir la tentación de quedarse con la primera lectura que confirma lo que ya se creía.
El resto, como siempre, lo decide usted.
Por Arturo Jimenez