El mismo Washington de estos días se lee de maneras muy distintas según desde dónde se mire. Un ejercicio de perspectivas cruzadas.
Por Arturo Jiménez | Columna de opinión — Registro News
Hay semanas en Washington que parecen contener un mes completo de historia. La que acaba de cerrarse fue una de esas: el Senado rechazó poner límites a los poderes de guerra del presidente frente a Irán; el Pentágono confirmó la muerte de seis soldados estadounidenses en un ataque con dron en Kuwait; una corte comercial ordenó reembolsos de aranceles que la Suprema Corte había suspendido; y la Casa Blanca anunció que la próxima semana entrarán en vigor nuevos aranceles globales. Cuatro noticias que, por separado, ya serían notables. Juntas, componen un cuadro que admite lecturas muy distintas dependiendo de dónde uno esté parado.
Ese ejercicio —leer el mismo cuadro desde coordenadas distintas— es lo que me interesa hacer hoy.
Desde Teherán y el mundo árabe: la escalada que ya tiene nombre
Para los analistas que observan la región desde el Golfo Pérsico o desde las propias instituciones iraníes, los eventos de esta semana no son eventos aislados: son eslabones de una cadena que lleva meses tensándose.
El ataque con dron que mató a seis soldados estadounidenses en Kuwait —y que el Pentágono atribuye a grupos respaldados por Irán— se produce en un contexto en que las fuerzas de Washington y sus aliados han intensificado operaciones en la región. Desde esta perspectiva, el voto del Senado —que rechazó una resolución bipartidista para limitar la capacidad del presidente de ordenar ataques contra Irán sin autorización del Congreso— no es una señal de moderación sino de permisividad institucional. El mensaje que llega a Teherán, según varios analistas regionales consultados por agencias internacionales, es que el ejecutivo estadounidense tiene las manos libres.
Lo que en Washington se narra como "disuasión" o "respuesta proporcional", en esta lectura aparece como una presión sistemática que empuja a Irán —y a los actores no estatales que orbitan en su esfera de influencia— a demostrar capacidad de respuesta. El dron sobre Kuwait sería, en esta lógica, exactamente eso: una demostración.
La pregunta que formulan quienes observan desde este ángulo no es si habrá más incidentes, sino cuándo y de qué magnitud.
Desde el Capitolio y los círculos de política exterior en EE.UU.: la disputa que no es sobre Irán
Cruzar el Atlántico —o simplemente cruzar el Potomac— cambia el encuadre radicalmente.
El voto en el Senado sobre los poderes de guerra no fue, en realidad, un debate sobre Irán. Fue un debate sobre una pregunta constitucional que los tres poderes del gobierno estadounidense llevan décadas sin resolver: ¿quién tiene la autoridad para llevar al país a un conflicto armado?
La Constitución confiere al Congreso el poder de declarar la guerra. La Ley de Poderes de Guerra de 1973 —aprobada precisamente para recuperar ese control tras Vietnam— exige que el presidente notifique al Congreso dentro de las 48 horas de cualquier despliegue y obtenga autorización en 60 días. En la práctica, ningún presidente desde Nixon ha pedido esa autorización, y el Congreso ha evitado sistematicamente forzar la confrontación.
La resolución rechazada esta semana era, en ese sentido, menos una medida anti-Irán que un intento de un grupo de senadores de ambos partidos por recuperar un poder que el legislativo ha ido cediendo de facto durante décadas. Que no prosperara no es una anomalía de esta administración: es la continuación de una tendencia que atraviesa a demócratas y republicanos.
Lo que sí resulta específico de este momento, señalan los analistas en Washington, es la coincidencia temporal: seis bajas, una corte de comercio en conflicto con la Suprema Corte sobre aranceles, y nuevas tarifas globales inminentes. La acumulación de frentes abiertos simultáneos es lo que genera la percepción de volatilidad que registran los mercados y los socios comerciales.
Desde los socios comerciales: los aranceles como el verdadero terremoto
En Ciudad de México, en Bruselas, en Ottawa o en Seúl, la muerte de seis soldados en Kuwait genera condolencias protocolares. Lo que genera reuniones de emergencia de gabinete son los aranceles.
El anuncio de que Estados Unidos aumentará sus aranceles globales a partir de la próxima semana, combinado con la disputa judicial entre la corte comercial —que ordenó reembolsos— y la Suprema Corte —que los había bloqueado—, envía una señal que los socios leen con alarma: la política comercial de Washington no solo es agresiva, sino impredecible en términos institucionales.
Un arancel alto es un dato con el que una empresa o un gobierno puede calcular. Un arancel que sube, baja, es bloqueado por una corte, revivido por otra, y vuelve a subir la semana siguiente, es algo cualitativamente distinto: es incertidumbre sistémica. Y la incertidumbre tiene un costo que no aparece en ninguna columna arancelaria pero que los economistas miden en inversión diferida y contratos no firmados.
Desde esta perspectiva, la tensión con Irán es casi secundaria. Lo que reordena el tablero económico global no es lo que ocurre en el Golfo sino lo que ocurre en los tribunales de comercio y en los decretos ejecutivos sobre tarifas. Los socios comerciales de Estados Unidos llevan meses buscando reducir su exposición a esa volatilidad —diversificando proveedores, negociando acuerdos alternativos, explorando mecanismos de pago que eviten el dólar— y cada semana como esta acelera ese proceso.
La ironía que señalan varios analistas de política comercial es que los aranceles, presentados como instrumentos de presión, pueden estar produciendo exactamente el resultado opuesto al buscado: no dependencia sino distancia.
El prisma y sus caras
Tres lecturas de la misma semana. Ninguna es falsa. Ninguna es completa.
La que llega desde el Golfo ve una escalada militar con lógica propia. La que circula en el Capitolio ve una disputa constitucional de largo aliento que trasciende a cualquier administración. La que prevalece entre los socios comerciales ve en los aranceles el verdadero agente desestabilizador, más que los drones o los votos senatoriales.
Lo que sí comparten las tres lecturas es una noción de umbral: la sensación de que algo se está moviendo hacia un punto de no retorno, aunque no haya acuerdo sobre qué es ese algo ni dónde está exactamente ese punto.
En veinte años cubriendo política en América Latina aprendí que los momentos más peligrosos no son los que todos reconocen como crisis. Son los que cada actor interpreta como manejable desde su propio ángulo, mientras el conjunto se desliza hacia un lugar que nadie eligió.
Esta semana en Washington puede ser eso. O puede ser ruido. Esa es, precisamente, la pregunta que ningún columnista honesto puede responder hoy.
Los hechos, sin más.
Arturo Jiménez es editor senior de Registro News y columnista de perspectivas cruzadas. Trabajó durante 20 años en una agencia internacional de noticias cubriendo procesos políticos en América Latina.
Por Arturo Jimenez